A veces, y sin querer, me sorprendo a mí mismo pensando en
aquello que pudo haber sido y nunca fue, que podría haber sido mi presente y mi
futuro o una historia pasajera pero que volvió a ser un “¿y si…?”.
Igual es demasiado arriesgado denominarlo mi
piedra angular pero, si me paro a pensarlo, todos los caminos me acaban
llevando allí. Y pasan los años y me sigo arrepintiendo por haber sido un
cobarde en aquel momento, por no querer dar el paso o por reprimir lo que
sentía en pos de un resultado cómodo, fácil, pero nunca feliz. Y pasa lo que
pasa, que llega un momento cada año en el que me acuerdo de ese recurrente “¿y si…?”.
Y ahora, dieciocho años después, sigo siendo un cobarde,
pero claro, la situación es completamente distinta y la relación no es la misma
ni mucho menos. No obstante, eso no cambia que yo siga anclado en 2004, en ese fotograma
del tiempo en el que casi doy el paso pero que acabó siendo una incógnita. Y
sí, todos y cada uno de esos dieciocho años he sentido el dolor de esa espina
clavada que, a este ritmo, va a formar parte de mí mientras respire.
Porque ¿para qué vamos a pasar página, verdad? Porque por mucho que intente olvidar, por mucho que aísle el ruido o que me tape los ojos siempre hay un mínimo resquicio de agonía que acaba penetrando de manera fulminante e inmisericorde. Pero creo que, siendo realista, soy yo mismo el que mantiene eso abierto, con la esperanza de que, algún día, la decisión que dejé de tomar en el pasado cambie el presente en un futuro que ahora mismo sólo puedo imaginar.